
Vinos desalcoholizados: la apuesta que Argentina ensayó, pero que aún no logra despegar
Victor Garcia
En un contexto de caída sostenida del consumo de vino y de cambios profundos en los hábitos de los consumidores, los vinos sin alcohol o desalcoholizados aparecen, al menos en el discurso, como una alternativa posible para reconectar con nuevos públicos. Sin embargo, en Argentina esa opción productiva sigue siendo marginal, pese a intentos concretos que no lograron consolidarse ni en volumen ni en posicionamiento comercial.
El consumo de vinos sin alcohol en el país es todavía incipiente y limitado. Si bien existe un creciente interés, especialmente entre jóvenes que buscan reducir la ingesta de alcohol, el segmento representa una fracción mínima del mercado vitivinícola total, que además atraviesa una retracción general. Las cifras contrastan con lo que ocurre en Europa, donde el mercado de bebidas sin alcohol ya es maduro, dinámico y con fuerte penetración entre millennials y la Generación Z.
San Juan, una de las provincias clave de la vitivinicultura argentina, no estuvo ajena a esta tendencia. Durante la gobernación de Sergio Uñac, y con Andrés Díaz Cano al frente del Ministerio de la Producción, el Estado provincial impulsó una experiencia concreta: la entrega de tres equipos de desalcoholización a empresas locales, con el objetivo de desarrollar vinos de baja graduación alcohólica, alineados con lo que comenzaban a demandar los mercados más jóvenes.
Los equipos fueron asignados a Borbore, Haggmann y Fraccionadora San Juan. De esas experiencias, solo esta última logró llevar un producto al mercado. El vino, bautizado “Bajo Grado”, implicó un esfuerzo técnico y comercial significativo por parte de la empresa. Sin embargo, pese a las acciones de promoción y a la novedad del producto, los resultados no alcanzaron las expectativas. Las ventas no lograron escalar y el proyecto terminó archivado.
Con el paso del tiempo y ante la falta de uso, los equipos de desalcoholización fueron devueltos al Estado. Desde entonces, al menos en el ámbito privado sanjuanino, el tema dejó de estar en agenda y no volvieron a registrarse iniciativas relevantes vinculadas a vinos sin alcohol o desalcoholizados.
La experiencia local dejó en evidencia uno de los principales obstáculos del segmento: los desafíos técnicos y de calidad. La desalcoholización suele impactar en el perfil sensorial del vino, afectando aroma, cuerpo y estructura, aspectos centrales para un consumidor históricamente educado en vinos tradicionales. A eso se suma la falta de escala, el costo de los procesos y la necesidad de inversiones sostenidas en marketing, algo difícil de afrontar en un mercado en crisis.
En Mendoza, algunas bodegas de mayor tamaño sí lograron lanzar vinos sin alcohol o de bajo grado que alcanzaron cierto posicionamiento. La diferencia estuvo en el respaldo financiero, campañas de promoción privadas y marcas con reconocimiento previo, factores clave para sostener productos de nicho.
Las tendencias globales son claras: los tiempos del consumo vitivinícola cambiaron de manera notable. Hoy los mercados están altamente segmentados y los llamados “vinos de nicho” ganan espacio. En ese esquema, los vinos sin alcohol no compiten directamente con el vino tradicional, sino que apuntan a consumidores que no beben alcohol, que buscan moderación o que simplemente quieren experimentar.
En Argentina, ese espacio existe, pero aún no se traduce en resultados contundentes. Según estudios de Kantar, el 75% de los jóvenes argentinos manifiesta su intención de reducir el consumo de alcohol y el 60% considera atractivas las bebidas sin alcohol. Algunas bodegas comenzaron a responder a esa señal: Nieto Senetiner, por ejemplo, lanzó en 2025 un espumante 0% y analiza ampliar su línea. Aun así, el consumo total de vino cayó un 8% interanual y el segmento sin alcohol sigue siendo marginal.
Desde el punto de vista regulatorio, el escenario es hoy más favorable. Entre 2024 y 2025, el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) avanzó en normativas que facilitan los procesos de desalcoholización, abriendo una ventana de oportunidad. El problema ya no es legal, sino de demanda, percepción del consumidor y viabilidad económica.
El contraste con Europa es contundente. Allí, más del 71% de la población reduce el consumo de alcohol y las bebidas no alcohólicas ya representan el 60% del mercado total de bebidas, con ventas que rondan los 97 mil millones de euros y tasas de crecimiento superiores al 5%. El mercado global de vino y cerveza sin alcohol proyecta alcanzar los 478 mil millones de dólares hacia 2033, con tasas de crecimiento anual cercanas al 14% en vinos.
Alemania lidera el segmento, mientras que en países como España, el 78% de los consumidores se muestra dispuesto a probar vinos desalcoholizados, impulsados por razones de salud y bienestar. Entre jóvenes de 18 a 35 años, la predisposición supera el 80% y el consumo ya se integra a bares y restaurantes.
Argentina, en cambio, sigue observando el fenómeno desde una etapa temprana. El potencial existe, pero las experiencias pasadas, como la de San Juan, muestran que no alcanza con la tecnología ni con la buena intención. Sin volumen, sin campañas sostenidas y sin un cambio cultural más profundo, los vinos desalcoholizados continúan siendo una promesa pendiente dentro de una vitivinicultura que busca reinventarse en medio de la crisis.


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