
El misterio en la botella: vinos que desafiaron las expectativas de sus creadores
Victor Garcia
En el mundo de la enología, existen momentos donde la técnica y la naturaleza convergen de formas inesperadas, dando lugar a vinos que sorprenden incluso a quienes los diseñaron. En la provincia de San Juan, y a través de la experiencia de destacados enólogos, se han gestado etiquetas que, a pesar del paso de los años, siguen siendo recordadas por su calidad excepcional y su evolución imprevista.
El Legado de San Juan: De Huanacache a la memoria
Uno de los relatos más emblemáticos proviene de Pedro Pellegrina, quien destaca un proyecto desarrollado en la zona de Huanacache, Sarmiento. En la bodega de vinos varietales de Resero, y con el asesoramiento de Ángel Mendoza, se dio vida a la marca Triplum.
Se diseñaron dos cortes particulares: el Triplum Mediterráneo (una mezcla de Bonarda, Syrah y Tannat) y el Triplum Clásico (Malbec, Cabernet Sauvignon y Merlot). Aunque estos vinos nunca salieron formalmente al mercado por cuestiones empresariales, Pellegrina recuerda que la calidad era magnífica. Lo más sorprendente fue su longevidad: con el paso del tiempo, cada botella abierta en la bodega sabía incluso mejor que cuando fue elaborada, convirtiéndose en un vino inolvidable para su creador.
La magia de lo artesanal y la evolución inesperada
La sorpresa también surge de la simplicidad y el respeto por la materia prima. Felipe Azcona, de Elefante Wine, recuerda con asombro su primer vino en 2013: un Syrah elaborado de forma totalmente manual, sin maquinaria ni tanques, despalillado y prensado a mano. El resultado fue un vino "espectacular" que demostró que la mínima intervención puede alcanzar niveles de excelencia.
Por su parte, Simón Tornello relata dos experiencias sorprendentes:
• Tinto 2020: Un tinto elaborado bajo el protocolo habitual que, sin embargo, desarrolló una expresión en barrica y botella con un carácter y frescura fuera de lo común.
• Las Criollas blancas: Tornello confiesa que inicialmente pensaba que estas variedades requerían tecnología avanzada y bajas temperaturas; no obstante, descubrió que la calidad de la uva y el punto justo de madurez permiten obtener vinos frescos y expresivos sin necesidad de tantos insumos externos.
El dilema de los concursos internacionales
La historia de Dante Heredia aporta una perspectiva fascinante sobre cómo la percepción del enólogo a veces choca con el criterio de los jurados internacionales. A finales de los 80, en un contexto donde el vino argentino comenzaba su posicionamiento global, Heredia preparó un corte para un concurso tras el éxito de un vino de 1987 que había ganado oro.
En 1989, armó una muestra de solo 100 litros buscando un perfil específico que terminó obteniendo una medalla de plata. Lo curioso es que, al catar el vino premiado de 1989 junto al de 1987, el equipo técnico coincidió en que el del 87 era superior, lo que generó un debate interno sobre qué es lo que realmente evalúan los concursos internacionales. Esta experiencia le enseñó que, para competir, es crucial entender el perfil específico de cada certamen antes de enviar una muestra


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