
El INTA impulsa nueve variedades de uva sin semilla y busca ganar mercados globales
Victor Garcia
Más de dos décadas de investigación posicionan al Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) como un actor estratégico en el desarrollo de uvas sin semilla adaptadas a las condiciones de San Juan y Mendoza. Con nueve nuevas variedades ya obtenidas y en proceso de inserción internacional, el organismo busca fortalecer un segmento que representa apenas el 7,8% de la superficie vitícola nacional, pero que muestra alto potencial exportador.
La industria de la uva de mesa atraviesa un proceso de transformación. Productores demandan variedades sin semilla que requieran menor manejo de racimos, reduzcan costos y cumplan con los estándares de calidad exigidos por los mercados internacionales. En ese escenario, Argentina decidió no quedar al margen de los programas de mejoramiento genético que lideran los principales países productores.
Un sector en retroceso que busca reconvertirse
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) correspondientes a 2024, la superficie implantada con vid en el país alcanza las 199.946 hectáreas distribuidas en 22.039 viñedos. En la última década se registró una caída del 11% en superficie total y del 12% en cantidad de viñedos.
El 92,2% del área está destinada a variedades aptas para vinificación y mosto, mientras que solo el 7,8% corresponde a uvas para consumo en fresco y pasas. Sin embargo, dentro de ese contexto de retracción general, las variedades sin semilla comienzan a mostrar señales de dinamismo.
“En el último año las variedades aptas para consumo y pasas aumentaron 76 hectáreas y las aptas para elaboración disminuyeron 233 hectáreas”, explicó Beatriz Pugliese, doctora en agronomía y coordinadora del programa de mejoramiento de uva del INTA en San Juan y Mendoza.
Adaptadas al Zonda y a la crisis hídrica
El programa se inició en 1995 por pedido de los propios productores, que advertían la escasa oferta varietal disponible en el país. Tras 25 años de trabajo, en 2020 el INTA logró desarrollar nueve variedades de uva sin semilla adaptadas a condiciones locales como el viento Zonda y la escasez hídrica.
Actualmente, entre San Juan y Mendoza existen unas 17.000 hectáreas destinadas a uva para consumo en fresco, un segmento que puede crecer si logra consolidar mercados externos.
Las nuevas variedades no solo apuntan al consumo en fresco, sino también a la producción de pasas y jugos, ampliando la matriz productiva y ofreciendo alternativas frente a la caída estructural de la superficie vitícola tradicional.
Inserción internacional y oportunidades globales
El trabajo de mejoramiento ya comenzó a rendir frutos fuera del país. Un productor argentino exporta a Centroamérica; en 2023 las variedades fueron presentadas en Sudáfrica; se concretó la venta de una variedad a Australia; hubo visitas de empresarios de California interesados en adquirir material genético; y próximamente se realizará una presentación en España.
En el mercado internacional, Argentina ocupa el sexto lugar dentro del top 10 de exportadores de uva para pasa y se ubica entre los primeros 20 países exportadores de fruta fresca. El liderazgo global corresponde a Perú, seguido por Chile, Sudáfrica, Estados Unidos y China.
Además, la crisis climática que afecta a Turquía —uno de los mayores productores mundiales de pasas— abre una ventana de oportunidad para países emergentes que puedan ofrecer volumen y calidad sostenida.
Innovación y nuevos nichos
Por el momento, las variedades sin semilla no se utilizan en la vitivinicultura tradicional. No obstante, el INTA ya realiza ensayos experimentales para elaborar jugos y vinos, incluyendo opciones sin alcohol, en línea con una tendencia global de reducción en el consumo alcohólico.
La estrategia apunta a diversificar usos y mercados, generando valor agregado en origen y mayor resiliencia para el sector. En un escenario de retracción de superficie y caída del consumo interno de vino, las uvas sin semilla se perfilan como una alternativa concreta para revitalizar economías regionales.
La apuesta está en marcha: genética local, adaptación climática y proyección global para un segmento que busca convertirse en uno de los nuevos motores exportadores de la vitivinicultura argentina.


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