
Finca Don Antonio: El oasis de Valle Fértil en el que Zulma González y su familia desafían la sequía con vinos artesanales premiados a nivel nacional
Victor Garcia
Ubicada en el pintoresco paraje de Balde de las Chilcas, a tan solo 4 o 5 kilómetros de la Villa San Agustín, se erige un rincón único que mantiene encendida la llama de la vitivinicultura en Valle Fértil: la Finca Don Antonio. Este establecimiento no es solo un viñedo, sino el testimonio vivo de la resiliencia de una familia que decidió transformar la adversidad climática en una oportunidad. Conducido por Zulma González y su esposo, Daniel Óscar Sánchez, el emprendimiento se destaca por ser la única bodega en funcionamiento en toda la región vallista, habiéndose convertido en un faro para el turismo rural y la elaboración de vinos de alta calidad con sello estrictamente artesanal.
El resurgimiento de la vitivinicultura en el Valle: de la alfalfa a las viñas experimentalmente adaptadas
La historia de Finca Don Antonio está marcada por la geografía, el agua y el legado familiar. Las tierras pertenecieron al padre de Zulma, Don Antonio González, quien adquirió la finca en el año 1980 con la intención de cultivar alfalfa. Sin embargo, el destino de la propiedad cambió de forma drástica en el año 2000, cuando una feroz sequía liquidó por completo la producción. Ante la pérdida total, la familia tuvo que replantearse el futuro del suelo.
Fue entonces cuando decidieron destinar el área donde se encontraban los frutales —especialmente ciruelos— para crear un cuadro experimental de viñedos. "Se colocó una hilera de cada varietal para ver cuál se adaptaba mejor a la zona", recuerda Zulma González, detallando que plantaron hileras de Cabernet, Syrah, Malbec, Montepulciano, Torrontés, Malvasía y Tannat. Tras observar los resultados, las viñas definitivas se implantaron en el 2003. Trágicamente, Don Antonio falleció en el año 2005, aunque alcanzó a probar el primer vino experimental de la finca, validando el inicio de este sueño familiar.

Un comienzo rudimentario: de moler uvas con máquina de carne a la tecnología artesanal
Los inicios de la vinificación en Finca Don Antonio evocan la más pura tradición artesanal y el esfuerzo desmedido. En los primeros años, el proceso de molienda se realizaba de manera completamente manual, utilizando herramientas domésticas impensadas para la producción comercial: "Comenzamos primero moliendo la uva a mano con una máquina de moler carne", rememora Zulma con orgullo.
Con el paso del tiempo y la necesidad de profesionalizar la producción sin perder la esencia casera, la familia logró adquirir una máquina despalilladora. Este equipamiento les permitió separar los palitos del grano de uva de forma eficiente, dejando el mosto en estado puro. Zulma, este paso técnico es fundamental, ya que al despalillar la uva se eliminan los posibles amargores que los restos herbáceos del racimo podrían transferir al vino final. Así, el emprendimiento familiar dio un salto enorme en la calidad organoléptica de su producción, manteniendo siempre la escala y el cuidado de una bodega artesanal.
Vinos cien por ciento artesanales, orgánicos y libres de TACC con producción limitada
En un mercado saturado por grandes producciones industriales, Finca Don Antonio se planta en la vereda opuesta. "Nosotros no somos una bodega industrial, somos una bodega artesanal, y nuestros productos son orgánicos, libres de TACC y artesanales", subraya Zulma. La bodega es pequeña y su producción anual es sumamente variable, pues depende de un recurso crítico e impredecible en la provincia de San Juan: el agua.
Actualmente, el viñedo cultivado comprende una superficie de entre dos hectáreas y media y tres hectáreas, una extensión que tiene un límite físico estricto, ya que no es posible ampliarla debido a las restricciones en la provisión de agua. Por este motivo, el volumen de botellas fluctúa año a año. "Ha habido años de 4000 botellas anuales, otros años de 6000, otros años de 7000", explica la propietaria, remarcando que el manejo del viñedo y la elaboración recae casi sobre los hombros de su marido, Daniel Óscar Sánchez. El matrimonio realiza de manera personal tareas que van desde la poda y el riego hasta la cosecha, molienda y envasado final.
El secreto del Tannat de pie de monte y sus galardones en el circuito nacional
Una de las decisiones más acertadas de Finca Don Antonio fue la elección de los varietales, priorizando aquellos que demostraron una adaptación óptima a las condiciones climáticas del valle: el Tannat y el Malbec. Lejos de realizar combinaciones, la bodega se caracteriza por elaborar vinos monovarietales estrictos. "No hacemos corte. No hacemos bivarietal", aclara Zulma de forma tajante, defendiendo la identidad pura de cada botella.
El Tannat de la finca es, sin duda, la estrella indiscutida del proyecto. Se trata de un vino con propiedades sumamente interesantes y muy distinto al Tannat que suele desarrollarse en otras regiones de Argentina, como Entre Ríos, o en Uruguay. Al estar plantado en una zona de pie de monte, las características del terruño le confieren un perfil único. "Es un vino que tiene mucho cuerpo, es el más tinto de los tintos", describe la propietaria. A diferencia de otros Tannat que suelen caracterizarse por su marcada acidez, el vino de Finca Don Antonio carece de ella, destacándose en cambio por ser sumamente frutado, con notas muy marcadas que recuerdan a la ciruela y al nogal, justamente las frutas que conviven en la misma finca.
Estas virtudes excepcionales no pasaron desapercibidas para los jurados de cata más exigentes. Desde que se animaron a competir por primera vez en el año 2008 en una cata provincial en Pocito —cuando apenas contaban con una tímida producción de 400 litros—, los vinos de la finca han obtenido medallas de plata, oro y gran oro en evaluaciones de Mendoza y San Juan frente a elaboradores nacionales y extranjeros. Para lograr estos estándares, la familia ha contado con el asesoramiento histórico del enólogo Eli Noriega —quien enseñó técnicas fundamentales a Daniel— y actualmente trabajan bajo la certificación técnica del reconocido enólogo Roberto Gambeta.

Una experiencia turística de dos horas: degustación y venta exclusiva en la bodega
Una de las particularidades más atractivas de Finca Don Antonio es su modelo de comercialización, el cual prescinde por completo de los canales de distribución tradicionales. Las botellas de vino no se envían a góndolas de supermercados ni a vinotecas de grandes ciudades; se venden a los turistas que visitan el emprendimiento de manera presencial.
El turismo formal en la finca comenzó a desarrollarse en el año 2011, inicialmente con visitas escolares de prueba y luego expandiéndose hacia el público general. "Vendemos solamente a los turistas después de la visita a la bodega", confirma Zulma. Esta visita tiene un costo actual de 3000 pesos por persona y consiste en un recorrido guiado de aproximadamente dos horas de duración. Durante este tiempo, los visitantes de todo el país y el extranjero reciben una explicación detallada de todo el proceso de operación de la finca: desde el cuidado de los viñedos hasta el proceso de vinificación en bodega, concluyendo con una degustación guiada y la posibilidad de adquirir los vinos directamente de manos de sus productores.
"Campo Vivo" y la conformación de la primera ruta de turismo rural de San Juan
Conscientes de que la unión hace la fuerza, Finca Don Antonio decidió dar un paso fundamental hacia el asociativismo rural. Desde hace dos años, la bodega trabaja de manera conjunta con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) en el proyecto "Campo Vivo". Se trata de un grupo cooperativo integrado por nueve prestadores de servicios turísticos locales que, tras años de operar de forma individual, decidieron aunarse bajo un concepto innovador de turismo de experiencia.
El lema que guía al grupo resume a la perfección su filosofía: "El campo no se visita, se habita". La iniciativa propone que el turista no sea un mero observador pasivo, sino que experimente en carne propia las vivencias diarias del entorno rural, tales como cabalgar o realizar el ordeñe de cabras. Este esfuerzo colectivo dio origen a la primera ruta de turismo rural de la provincia de San Juan, ofreciendo itinerarios integrados de tres y cinco días que cubren las zonas norte, sur y centro del valle, coordinando opciones de excursión, traslados y alojamiento. Para fortalecer esta red, el grupo eligió al Parque Provincial Ischigualasto como "padrino" de la ruta, buscando aunar criterios y traccionar de forma conjunta las necesidades del sector turístico local.

Rutas deterioradas y falta de cartelería: las cuentas pendientes del Estado provincial
A pesar del enorme potencial de Valle Fértil como destino turístico complementario a la joya paleontológica de Ischigualasto —declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2000—, los prestadores locales se enfrentan a severas falencias de infraestructura que dificultan su crecimiento. Zulma González expresa con firmeza la frustración del sector ante el abandono de las rutas provinciales, fundamentales para la llegada de visitantes.
"La ruta que va de acá a San Ramón está rota. Se rompió cuando el aluvión que tuvimos en el año 2014 y nunca más la arreglaron", denuncia la propietaria de la finca, catalogando al tramo vial como "tierra de nadie" y advirtiendo sobre el peligro inminente que esto representa para la seguridad de quienes transitan, ejemplificado en recientes accidentes viales en la Ruta 510. Asimismo, González apunta contra la falta de inversión del Estado provincial en señalética y promoción turística local, revelando que el Ministerio de Turismo les prometió cartelería indicativa para la bodega hace ya cinco años sin que hasta la fecha se haya concretado nada.
La productora critica que las políticas públicas de San Juan tiendan a priorizar de forma casi exclusiva la actividad minera en detrimento del turismo, a diferencia de la vecina provincia de Mendoza, que ha sabido consolidar un exitoso modelo donde la vitivinicultura y el turismo avanzan de la mano. "Si el Estado no invierte en publicidad... terminamos separados, y somos dos gatos locos", lamenta Zulma, señalando que la mayor parte de los turistas que llegan a Ischigualasto son absorbidos por agencias que los desvían hacia Talampaya y el noroeste argentino, logrando que apenas el 10 por ciento de los visitantes ingrese finalmente a San Agustín de Valle Fértil.
Finca Don Antonio representa el esfuerzo de revivir una tradición que se había perdido por completo en la zona tras las quiebras de bodegas históricas de la colonia de valencianos en la década del 70. Contra viento, marea y sequía, Zulma González y su familia demuestran que el Valle Fértil tiene todo lo necesario para brillar con luz propia en el mapa vitivinícola nacional, esperando únicamente que la infraestructura vial acompañe finalmente el empuje de sus pioneros.


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